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Benin - Fetiche Dankoli
como éste? Pues tratando de entender un poco a través de la experimentación propia esta religión. Y aunque definitivamente “no es lo mío”, no me arrepiento de haber realizado un ritual en uno de los fetiches más potentes, dicen, de Benín: el fetiche Dankoli. Y es que, sentir en los pies la sangre caliente de una gallina recién muerta es una sensación que no se olvida… y que tampoco tengo interés en repetir ;-) Desde que pisas Benín la palabra fetiche, ritual y vudú se hacen constantemente presentes. Y aunque, como extranjera y turista durante quince días en Benín, no llegué a entender bien la dimensión de esta religión, creo que sí comprendí algo con la visita a un mercado de fetiches (Bohicon), con la visita a un adivino de ifá y, sobre todo, con el ritual en el fetiche Dankoli. Antes de contar estas experiencias, un breve inciso acerca de lo que es el vudú. Leo en la guía de Joan Riera (Laertes) sobre Benín, que vudú significa “alma” o “fuerza” en lengua fongbé, una de las etnias más numerosas de ese país. Se cree que esta religión animista se originó en una zona situada entre Togo y Benin hace 4.000 años, y ha llegado a nuestros días por transmisión oral, ya que no cuenta con un “manual” escrito tipo la Biblia o el Corán. En breve, el vudú defiende que las almas de las personas al morir se transforman en otros seres vivos como animales o árboles (de ahí que tengan bosques sagrados). En algunos casos, los espíritus de personas con características muy elevadas se transforman en dioses y, por tanto, se vuelven inmortales. Mawu, Legba o Gu son algunos de estos dioses. Al dios Gu me lo encontré en un par de ocasiones durante el viaje. Una de ellas fue cuando a las afueras de un pueblo, un grupo de hombres celebraba un ritual consistente en comer la carne y vísceras de un perro, mientras bebían alcohol y bailaban en torno a la cabeza del pobre can. En fin… sé que es su cultura, pero prefiero no recordar mucho la escena aunque ahí os dejo un par de fotos. No obstante, este ritual perseguía un objetivo: disminuir los accidentes que se venían produciendo en ese tramo de carretera. Gu es el dios del hierro, por lo que si se le hace un ritual, se supone que estos accidentes disminuirán (coches=hierro). Y vamos al plato fuerte, el ritual al fetiche Dankoli, situado en la zona de Savalou, en el centro-oeste de Benin. Dicen que es uno de los más potentes de ese país y me lo creo porque nada más llegar todo nos pareció muy, muy auténtico, lo que ocurre, pocas veces en este tipo de viajes, digamos que exóticos. Y es que, nada más llegar, los guardianes del fetiche se nos abalanzaron compitiendo por ser uno de ellos el elegido que nos guiaría durante el ritual. Euloge, nuestro guía y socio de la agencia de viajes Miwa Benin, y hombre fornido, tuvo que discutir acaloradamente con ellos para que pudiéramos salir sin problemas de la camioneta. Ni un guiri por esos lares. El lugar era extraño, desde luego, no se trataba de Lourdes o del Cristo de Medinacelli, y, aunque sentía respeto por un sitio sagrado para los benineses, también sentí algo de miedo y de asco, ya que el fetiche, o fetiches, porque había uno masculino y otro femenino, consistían en un cúmulo de tierra con aceite de palma y restos de sangre y plumas de gallinas (gallina fue la palabra que más usamos en todo el viaje, gallina para los rituales, gallina para comer…). Pero estábamos allí y teníamos que vivir esa experiencia. Lo primero fue descalzarse y subir a ese promontorio, repugnante a los ojos de un occidental, pensando los deseos que se deseaba pedir al fetiche. Después, clavar en ese montón de “cosas” una estaca de madera mientras que repetían internamente esos deseos. Quizá por los nervios o porque no elegí el sitio idóneo, me costó horrores clavarla. Y después, en mitad de los gritos de una señora (después supe que era para animar al fetiche a que me concediera esos deseos), bebí un chupito de un licor y lo escupí al fetiche, vertí un poco de aceite de palma… y finalmente, presencié como en un segundo el guardián cortó el cuello a “mi” gallina y me echó en un pie su sangre aún caliente. Arggg, qué sensación, desde luego, fue algo impresionante, primitivo. Y con una pluma de la gallina me bajé del montículo, todavía en estado de semishock. Toda una experiencia africana. Para terminar estas pinceladas del viaje que hice el pasado verano a Benín, me gustaría contar una experiencia más light y agradable: la consulta un adivino de ifá. Fue en Dassa-Zoumé, en el centro del país. El ifá es un sistema de adivinación basado en cálculos matemáticos que dan como resultado más de 250 combinaciones. Me recuerda al I Ching. Euloge nos llevó a la casa de este adivino que, según él, era fiable a la par que asequible. Y allí, en el salón de su casa, con las gallinas asomando por la puerta abierta y rodeada de varios hombres que simplemente miraban sentados en los sofás (¿quizá para aprender del maestro?), me despejó algunas incógnitas sobre mi futuro. Para ello fue realizando tiradas con conchas y dos cadenas unidos que llevaban engarzadas semillas de palma. Y debo decir que en un par de cuestiones, ha acertado. Sin embargo, para que se cumpliera un deseo que formulé, el adivino realizó un ritual consistente en mezclar partes de un avispero y de un panal, con miel… y no quiero saber qué más componentes. La cuestión era tomar un poco de esa miel cada mañana, lo cual hice durante, ejem, tres semanas. Sin embargo, el mundo occidental y la pinta que iba tomando aquel mejunje, hicieron que mi fe se tambaleara y que el tupperware africano terminara en la basura. En fin…
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